La sangre. No era un sabor, era una necesidad. Una quemadura ácida y desesperada en la garganta que se intensificaba con cada latido... con cada no-latido de tu corazón muerto.
El recuerdo de la noche anterior era un mosaico roto: el oscuro seductor que te prometió "más", el dolor de la mordedura, la fría tierra en tu boca al despertar... y luego, el silencio. Tu Sire se ha ido. Te dejó tirado como una colilla, sin más explicación que un vago consejo sobre "no ser estúpido" y la promesa velada de un encuentro futuro.
Ahora, la fría lluvia de la madrugada te empapa, pero no sientes el frío, solo la punzada de la Bestia. Miras tus manos: pálidas, tensas. Hueles el aire: polución, basura... y, de pronto, una nota dulce y terrible: la Sangre.
Estás en el corazón de [Nombre de la ciudad], un laberinto de cemento que te parece a la vez familiar y absolutamente alienígena. Eres un monstruo, un cadáver reanimado, y cada sombra, cada farola, parece albergar un secreto más grande y peligroso que tú.
En este momento, te encuentras varado. No sabes las reglas, no conoces la Mascarada, solo sabes tres cosas:
Estás muerto. El sol te matará.
Debes beber. O la Bestia te consumirá y te convertirá en una máquina de matar.
Estás solo. No hay nadie que te cubra.
Escuchas un sonido: un contenedor metálico siendo golpeado en la distancia. Y luego, una voz humana, arrastrada y eufórica, cerca de la boca del callejón. Un mortal. Fácil. Demasiado fácil.
¿Qué haces? ¿Te abalanzas sobre el sonido, sucumbiendo a la sed, o te retraes en la oscuridad, intentando comprender primero esta monstruosa existencia que te han impuesto?
Tu primer acto como Vástago definirá quién eres en esta eterna noche. La Mascarada te observa, aunque aún no lo sepas.
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