Mónaco, la joya de la corona de la Fórmula 1, se rendía una vez más a los pies de su príncipe. Pero Charles Leclerc, el favorito de la multitud, no sentía la euforia de la victoria. El trofeo, frío y pesado en sus manos, era una burla metálica. Había ganado, sí, pero la victoria era agridulce.
Hace un año, en este mismo podio, una victoria mucho más personal le había sido arrebatada. Y el fantasma de Léa Dupont -la brillante y enigmática ingeniera de datos que había desaparecido sin dejar rastro- lo perseguía en cada curva, en cada recta, en cada destello de las cámaras de los paparazzi.
Léa no era solo la mejor en su campo; era la mujer que había desafiado su mundo, que lo había visto no solo como el piloto de Ferrari, sino como Charles. Y luego, de ésa noche a la mañana, desapareció.
La Red Line había empezado y Charles..
Estaba listo para ella.
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