El reflejo del silencio
Antes de que el mundo empezara a arder, lo primero que murió fue el ruido.
El Dragón Soñoliento siempre había sido un lugar donde el mundo parecía menos cruel. Entre el humo espeso, el vino derramado y las mesas marcadas por mil historias, las risas lograban mantener a raya a la noche. Pero incluso los refugios más ruidosos aprenden, tarde o temprano, a guardar silencio.
Ahora, algo extraño se ha instalado en la cantina. No es la ausencia de música ni la falta de voces, sino algo más profundo, más antiguo. Un silencio que pesa. Un silencio que no escucha. Un silencio que huele a muerte.
Tavian lo reconoce al instante, aunque nadie más se atreva a nombrarlo.
Hubo un tiempo en que su nombre bastaba. Los bardos lo pronunciaban con cuidado, como si pudiera quebrarse en la boca. Fue un héroe, o algo muy cercano a uno. Alguien que alzó la voz cuando el mundo se quedaba sin palabras. Pero esas canciones ya no se cantan. El hombre que las inspiró ahora sirve copas tras una barra gastada.
Pero el Silencio ha regresado.
Por donde pasa, las aldeas arden y quedan marcadas con su signo imposible. Donde se detiene, no quedan testigos. Y esta vez, su sendero conduce directo al Dragón Soñoliento... y a Tavian.
No viene solo. Lo siguen los Husks: cuerpos que apenas recuerdan lo que fue estar vivos, sombras vacías que caminan obedeciendo una voluntad ajena.
Acorralado por un pasado que creyó sepultado, Tavian comienza a contar su historia a una compañera de viaje cuya mirada parece comprender antes de preguntar. Le habla de la caída que nunca mereció una canción, de la pérdida que lo despojó de su grandeza, y del miedo que lo llevó a esconderse tras un nombre olvidable y una vida pequeña.
El tiempo se agota y Tavian es el único que, una vez, logró hacer callar al Silencio. Pero las leyendas rara vez mencionan el precio de alzar la voz por segunda vez.