Una fiesta, un par de vasos, un par de besos y un par de ojos.
Para Lorenzo, Fernando siempre había sido el lugar donde todo parecía encajar, el amigo de infancia con quien el silencio era tan valioso como las risas. Sin embargo, desde la fiesta algo cambió, como si un detalle apenas visible hubiera desordenado todo lo que creía seguro. No se atreve a ponerle nombre, pero cada recuerdo de esa noche lo persigue con la intensidad de algo que no debería importar tanto y, aun así, lo hace.
Ahora, estar a su lado le resulta distinto. Una mirada sostenida demasiado tiempo, una sonrisa compartida, incluso el roce de un hombro, le despiertan preguntas que no sabe callar ni responder. Lorenzo quiere creer que nada ha cambiado, que la amistad sigue intacta, pero en su interior teme que lo que siente ya no quepa en la definición de amigos y que decirlo en voz alta signifique perder a Fernando para siempre.
Fernando colecciona sus propios secretos. Los guarda de sí mismo, no se atreve a ponerles ni nombre. La apuesta es tan alta, pero no se arriesga a sentirse tentado por la posible recompensa. No está preparado para perderlo todo.
Su familia lo ahoga en abrazos fríos, lo aprisiona en ellos. Pero no necesita poder respirar si está seguro con ellos.
La decisión más segura es soportarlo todo hasta que sea momento de irse. La solución es seguir coleccionando secretos hasta que sea consumido en ellos, hasta que no se reconozca a sí mismo. No se atreve a desear, no tendría vuelta atrás. Se daría cuenta de lo mucho que quiere y no podría resistirlo. Fernando no quiere ni necesita nada.
All Rights Reserved