Mikasa jamás había sido de bares, pero aquella noche, por complacer a Sasha, terminó en uno de los sitios más elegantes y concurridos de la ciudad. Entre tantas caras desconocidas, había una que desde el primer momento la atrapó: un chico de ojos verdes, sonrisa descarada y un aire tan magnético que parecía imposible apartar la mirada.
Ese chico era Eren.
El primer día hablaron como si se conocieran de años. Ella volvió al bar con Sasha al siguiente, y luego al otro... hasta que dejó de necesitar una excusa para ir. Tres meses después, Mikasa ya no pensaba en tragos ni en fiestas; solo pensaba en él.
Entre bromas, confesiones y copas de más, el límite finalmente se rompió, aquella madrugada terminaron buscándose con torpeza, con intensidad, como si se hubieran contenido demasiado.
Lo que no sabía Mikasa era que, a pesar de esa primera noche intensa, lo verdadero estaba por comenzar. Porque el amor entre ellos no iba a nacer del arrebato, sino de lo contrario: de aprender a sostenerse en los días simples, de conocerse sin máscaras, de volver a elegir al otro cuando el brillo de la atracción inicial se desvaneciera.
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