El cielo sobre Seúl era un manto de neón y promesas rotas. Desde lo alto, la ciudad parecía un circuito impreso, un laberinto de luces y sombras por el que millones de destinos se cruzaban sin tocarse nunca. Pero para unas pocas, ese laberinto tenía una salida: un escenario.
Esta es la historia de una de ellas.
No es un cuento de hadas. Los cuentos de hadas empiezan con "érase una vez" y terminan con "fueron felices por siempre". Esta historia empieza con un avión aterrizando en un país extraño y termina... bueno, aún no ha terminado. Y la felicidad, aquí, es un bien escaso que se paga con lágrimas, sudor y la parte de tu alma que decides sacrificar en el altar de un sueño.
Es la historia de Yeh Shuhua, que lo dejó todo por un nombre que aún no era suyo, por un cielo que no estaba garantizado. Es la historia del frío que se te cuela por las mangas cuando estás sola en un país ajeno, del sabor amargo de las palabras que no entiendes, del peso de las miradas que te miden y te encuentran deficiente.
Pero sobre todo, es la historia de cómo seis fuegos solitarios se encontraron en la oscuridad y decidieron arder juntos, creando una luz tan brillante que el mundo no pudo evitar mirar.
Este es el primer paso. El primer latido. El primer susurro de una leyenda que estaba a punto de gritar su nombre.
Bienvenidos al principio.