Mia* Janeth era mi ancla, mi otra mitad. Y ahora, lo único que me queda de ella es un pequeño niño de dos años llamado Leo, un departamento lleno de juguetes y un problema de un metro ochenta con trenzas y demasiado ego llamado Tom Kaulitz. El departamento olía a una mezcla de talco, leche tibia y... algo que definitivamente no era perfume de diseñador. Leo nos miraba desde la mesa de cambio con una sonrisa inocente, ajeno al pánico que nos consumía. -Te toca a ti -dijo Tom, retrocediendo dos pasos mientras se cubría la nariz con el cuello de su sudadera XL. -¿A mí? ¡Tú eres el que dice tener manos de cirujano para la guitarra! -le reclamé, sosteniendo una toallita húmeda como si fuera un arma blanca-. Úsalas para algo útil, Kaulitz.
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