Aria Holloway solo quería empezar de nuevo.
Trabaja en un McDonald's de Chicago, comparte habitación con su mejor amiga en el campus y estudia periodismo, aunque a veces duda de todo: de su carrera, de sus decisiones, de sí misma. Sus días pasan entre turnos de madrugada, clases interminables y conversaciones que intentan llenar el silencio.
Un fin de semana decide visitar por sorpresa a su madre. No hay un motivo concreto, solo la necesidad de verla. Pero lo que encuentra la descoloca: su madre está diferente, con una mezcla de alegría y distancia que no entiende, hasta que le entrega las llaves de un descapotable rojo. Un regalo inesperado, hermoso, pero con un aire extraño, como si escondiera algo que Aria no logra descifrar.
Al volver al campus, encuentra un sobre con dinero en efectivo bajo su puerta. No hay nota ni explicación, solo billetes ordenados con precisión. Sin pensarlo demasiado, usa ese dinero para mudarse a una casa en Bronzeville, un barrio antiguo de Chicago donde todo parece detenido en el tiempo.
Al principio, la casa le parece perfecta: amplia, silenciosa, casi demasiado tranquila.
Pero las luces empiezan a parpadear. Los relojes se detienen. Los pasos suenan cuando no hay nadie.
Y una mañana aparece la primera nota.
Una hoja doblada con una firma al final: L. G
Las cartas se repiten, cada vez más personales, más inquietantes. Algunas parecen protegerla; otras, acusarla. La casa se vuelve más viva, más consciente de su presencia. Los espejos devuelven gestos que Aria no recuerda haber hecho. Las noches son más largas.
Y poco a poco, entiende que no está sola.
La Caperucita Roja la observa.
La imita.
La persigue.
Y cuando por fin intenta escapar, Aria descubre que hay lugares que te abren la puerta con amabilidad...
pero no siempre te dejan salir.
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