-Princesa -exigió su gruesa y profunda voz-: de rodillas.
Mis manos se inquietaron y mis piernas flaquearon, cayendo sobre el frío suelo. La mirada baja, el cuerpo contenido, lista para acatar cualquier orden. Su presencia se hizo más latente cuando se acercó; pasos medidos y pausados marcaban su avance hacia mí. Se detuvo detrás, y pude sentir el poder de su perfume recorriéndome de pies a cabeza. La oscuridad que lo caracterizaba me rodeó, tratando de poseer mi luz.
Entonces lo sentí inclinarse, cerniéndose alto sobre mi pequeño cuerpo; su enorme y ancha figura me eclipsó por completo. Sus grandes manos sostuvieron la majestuosa corona, tan preciada como el mismo reino, y sentí su peso ajustarse sobre mi cabeza. Segundos después, su voz varonil volvió a hacerse presente:
-Cada parte de ti; cada centímetro de tu ser es de mi pertenencia, princesa -declaró sin espacio a protestas-. Eres completamente mía, sin tapujos. La oscuridad te ha reclamado para proteger tu luz, someter tu alma y dominar tu cuerpo -sonó más que una promesa.
Sus manos permanecieron lejos de mí, él observándome... sin atreverse a tocarme un solo cabello. Aún.
-Te has entregado a algo peor que el infierno -el peso de sus palabras se instaló en mi vientre, tomé una respiración temblorosa-. Quiero escucharte decirlo, princesa.
-S-soy suya... -murmuré.
Gruñó de satisfacción.
-Dilo una vez más.
-Yo... le pertenezco a usted, mi Señor.
Esas palabras firmaron mi condena: el inicio de un paradisíaco infierno con sabor a miel.
-Buena niña -complació, arrastrando un poco las palabras. Sus ojos se oscurecieron mientras me miraba, y con una delicadeza inefable tomó un mechón de mi cabello ondulado entre sus dedos antes de llevarlo a su nariz y olerlo-. Toda mía... -susurró embriagado-, mi princesa Jess.
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