El bar estaba lleno, pero para Valeria Morales, solo existía él. Alejandro Rivas, con su porte seguro y su mirada que parecía atravesar cualquier barrera, la había notado desde el otro lado de la sala. Cada gesto suyo, cada movimiento, estaba cargado de intención, y Valeria sintió que su cuerpo reaccionaba antes que su mente.
Nunca creyó en las conexiones instantáneas, pero esa mirada... esa mirada la hizo temblar. Su corazón se aceleró, la respiración se volvió más pesada, y un calor desconocido empezó a recorrerle la piel. No lo conocía, pero ya deseaba tocarlo, sentirlo cerca, perderse en él.
Alejandro tampoco podía apartar la vista. Cada gesto de Valeria, cada sonrisa contenida, cada roce accidental de su pierna contra la mesa, lo encendía más. Sabía que algo iba a suceder, algo que no podría detener, algo que ambos desearían sin remedio.
El bar desapareció. El mundo desapareció. Solo quedaban ellos, el deseo contenido y la certeza de que, una vez que se tocaran, nada volvería a ser igual.
Esa noche no era el inicio de un simple encuentro: era el inicio de un fuego que nadie podría apagar.
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