La hija prohibida del Edén.
En el ejército de sombras blancas y máscaras sonrientes que desciende sobre el Infierno cada año, Apfel siempre ha sido la nota discordante. Mientras sus hermanas exorcistas afilan sus lanzas con un fervor sanguinario, ella se asegura de que su casco no se le caiga sobre los ojos por tercera vez en el día. No es la guerrera más letal; de hecho, es la que prefiere refugiarse tras los escombros de un callejón del Pentagrama, contando los minutos para que la purga termine y pueda volver a la paz de las nubes.
Ella no entiende por qué sus manos tiemblan de una forma distinta a las demás, ni por qué siente una extraña punzada de nostalgia al ver las luces rojas del Inframundo. Apfel desconoce que el poder que duerme en su interior (uno que apenas se manifiesta en destellos torpes y asustadizos), no proviene de la justicia divina, sino de una herencia prohibida.
Engendrada en el susurro del Edén antes que los pecadores y trono de sombras existieran, ella es el secreto que Lucifer Morningstar nunca supo que perdió. El Rey del Infierno no espera encontrar a una hija entre sus enemigos, y mucho menos a una tan dulce y despistada que, en lugar de traer la destrucción, parece necesitar que alguien, por fin, la proteja del abismo.