En una sociedad donde el destino se rige por jerarquías, feromonas y la inquebrantable conexión entre alfas y omegas, él siempre fue una anomalía. A pesar de su naturaleza omega, jamás permitió que sus instintos dominaran su juicio; sus celos eran discretos, su deseo permanecía bajo control y su lobo interior, casi siempre en silencio, parecía ajeno a las urgencias propias de su especie.
Sin embargo, una tarde ordinaria, entre los fríos pasillos de un supermercado y la banalidad de una rutina cualquiera, un aroma desconocido irrumpe en su mundo con la violencia de una verdad largamente negada. No es solo atracción, es reconocimiento. Su cuerpo se tensa, sus feromonas se desbordan y, por primera vez en mucho tiempo, su lobo despierta con una intensidad salvaje, reclamando con desesperación al dueño de aquel olor.
Ese aroma pertenece a un alfa.
Y no a cualquiera, sino a aquel que el destino ha elegido para él.
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