En medio del microcentro porteño, entre oficinas y cafés abarrotados, se alza una boutique que no se parece a ninguna otra. Sus vidrieras llaman la atención por maniquíes inquietantes, demasiado humanos en su porte, vestidos con trajes aterciopelados y telas de lujo que resultan inalcanzables para la mayoría. Sus rostros lisos y miradas vacías parecen seguir a los transeúntes, como si guardaran un secreto que nadie debería descubrir.
Aquella rareza no era casual: la boutique pertenecía a un diseñador célebre, tan brillante como excéntrico, conocido por su obsesión enfermiza con la perfección. Sus creaciones, costosas y exclusivas, no eran solo ropa: parecían piezas vivientes, cargadas de una presencia que rozaba lo antinatural.
Durante el día, el lugar destila elegancia y ostentación. Pero al caer la noche, la atmósfera se transforma: los pasillos quedan en penumbras, el silencio se espesa y cada sombra parece latir con una vida propia. Fue allí donde Miguel llegó, no por elección, sino por transferencia. La empresa de seguridad para la que trabajaba decidió asignarle este nuevo "destino", palabra que en ese contexto sonaba rutinaria, pero que pronto cobraría un significado mucho más oscuro. Lo que él creyó que sería una etapa tranquila se convirtió en la antesala de su peor desafío.
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