Bogotá es una selva de cemento y de fieras salvajes como Poe. Sus calles, en las noches, se llenan de poetas como José A. Silva o Mery Yolanda Sánchez, que se unen a conversaciones con el Viola y el Calidad. Una noche de esas, de chorros y tragos baratos, me vi envuelto entre esa gente, hablando mierda filosófica desde nuestro sentir y pensar latino; esas conversaciones que un gringo o un europeo no pueden sentir. Su crítica, erudita y callejera, me hizo reflexionar sobre el pasado, el presente y el futuro: de nada sirven las ideas traídas del extranjero si desconocen lo que es vivir en un país donde los derechos solo son para un grupo pequeño, para la élite. Aquí se vive y se come con el muerto al lado; ni el estoicismo ni el psicoanálisis nos salvarán cuando vivir se hace sin lo mínimo, sin techo ni comida... El parche era una chimba, pero yo quería divertirme de otro modo, así que cogí la curva, dejando atrás los cerebritos. Unas cuadras más adelante sucedió lo que creía que solo pasaba en la Europa de los hermanos Grimm. No sé si fue el alcohol o el cilantro salvaje de esa noche, pero fue real.
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