Había una chica llamada Elara, nacida bajo el signo de Tauro, de carácter firme y corazón terco, pero con un mundo interior tan vasto que pocas personas lograban conocerlo. Tenía pocas amigas, no porque fuera huraña, sino porque era selectiva: prefería rodearse de almas con las que pudiera hablar durante horas, perderse en conversaciones que iban desde lo mundano hasta lo místico.
Su gran refugio eran los gatos, criaturas que parecían entenderla mejor que cualquier humano. En su casa siempre había uno dormido sobre los libros, otro persiguiendo las sombras, y alguno más enroscado junto a las macetas que llenaban su ventana. Amaba las plantas tanto como la magia; creía que en cada hoja y cada flor vivía un pequeño secreto ancestral, y que las hierbas eran como hechizos que crecían de la tierra.
Lo curioso era que, mientras cultivaba esa vida tranquila y mágica, escondía un fuego intenso en sus letras: escribía novelas eróticas con tal pasión y detalle que sus personajes parecían respirar, desear y arder en cada página. Lo hacía en silencio, como si sus historias fueran un hechizo reservado solo para quienes tuvieran el valor de leerlas.
Le fascinaba viajar, perderse en caminos nuevos, bailar con la libertad de quien no teme al qué dirán, y dejarse llevar por la música hasta que el cuerpo olvidara el peso del mundo.
Y cuando amaba... lo hacía como pocas personas en la vida se atreven: se entregaba entera. Cuerpo, alma, mente y corazón. No conocía medias tintas. Para ella, estar con alguien era compartir cada rincón de su universo, desde las risas bajo la luna hasta las lágrimas ocultas entre páginas.
Elara era un misterio para muchos, pero para quien lograba entrar en su mundo, descubría que había hallado un tesoro: una mujer que podía convertir lo cotidiano en magia, lo simple en belleza, y lo íntimo en eternidad.
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