Viajar al extranjero suele contarse como una experiencia luminosa: nuevas culturas, oportunidades académicas, aventuras inolvidables. Pero hay otra cara que rara vez se confiesa. No todo fueron fotografías sonrientes ni diplomas enmarcados. En mis años fuera de México viví momentos que, más que recuerdos, parecen relatos de terror.
No se trata de fantasmas ni de criaturas salidas de la imaginación, sino de terrores mucho más reales: el miedo a ser descubierto en un país donde ser diferente podía significar castigo; la soledad en universidades que prometían grandeza, pero escondían pasillos fríos y jerarquías crueles; las noches de insomnio en laboratorios donde la presión era tan intensa que parecía imposible respirar. Y, tal vez lo más aterrador de todo, los monstruos invisibles: la ansiedad, la autocrítica, la sensación constante de no pertenecer a ningún lugar.
Algunos ocurrieron en Arabia Saudita, otros en Inglaterra, otros más en Estados Unidos. Todos dejaron huellas profundas.
Y, sin embargo, al contarlas descubro algo: sobrevivir a esos miedos no solo fue posible, también fue transformador. Tal vez lo más valioso de recordar los propios terrores es reconocer que, al final, también trajeron consigo la fuerza para seguir adelante.
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