61 parts Ongoing En los pasillos llenos de olor a trementina y café de la Facultad de Artes, Abril Garza -Ari- y Samantha Rivera -Rivers- se cruzaron como si el destino hubiera estado esperando ese momento exacto.
Ari llegaba siempre corriendo, con manchas de pintura en las manos y una sonrisa que desarmaba. Rivers era quietud: trazaba líneas precisas, hablaba poco y cuando miraba a alguien, esa persona sentía que la había visto de verdad.
Se conocieron en un mural colectivo. Ari derramó azul sobre el zapato de Rivers por accidente. Se rieron. Y desde entonces no volvieron a separarse del todo.
Noches enteras en la azotea del edificio de diseño, compartiendo audífonos y silencios cómodos. Mensajes de voz que duraban demasiado. Sudaderas robadas. Manos que se buscaban sin pensarlo.
Un atardecer, detrás del taller de escultura, entre polvo de yeso y herramientas olvidadas, se besaron por primera vez.
Fue lento. Profundo. De los que hacen que el tiempo se detenga.
Cuando se separaron, Rivers le rozó la mejilla con el pulgar y susurró:
-No sé cómo pasó esto... pero no quiero que pare.
Ari solo sonrió y la besó otra vez.
A partir de ahí todo fue más intenso, más brillante, más de ellas dos.
Pero cada vez que sus labios se encontraban con esa urgencia que las dejaba sin aliento, algo invisible se movía entre ellas. Algo que nadie nombraba. Algo que hacía que Rivers parpadeara un segundo más de lo normal, que su mirada se perdiera un instante, que su sonrisa llegara medio segundo tarde.
Ari lo sentía. No lo entendía. Pero no podía dejar de besarla.
Porque cada beso era perfecto.
Y porque, aunque todavía no lo supiera, cada beso también era un riesgo que ninguna de las dos había pedido.
La maldición del beso ya estaba ahí.
Esperando.