Nadie cruzaba ese territorio sin consecuencias. El Omega lo descubrió demasiado tarde, cuando el miedo ya le ardía en la sangre y los pasos detrás de él no se detenían. Al cruzar aquella frontera invisible, el aire cambió. Más pesado. Más peligroso. El aroma de un Alfa dominante lo envolvió. -Estás en mi territorio -dijo una voz grave desde las sombras. No fue una advertencia. Fue una ley. Cuando el Alfa apareció, alto e imponente, el Omega supo que huir ya no era una opción. Aquellos que lo perseguían no tenían permiso para entrar allí... pero él tampoco. La mano que se cerró alrededor de su muñeca no fue violenta, fue posesiva. Y en ese instante entendió la verdad más cruel: había escapado de unos Alfas solo para caer bajo la marca de un demonio.
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