Hazel siempre había creído que las mejores historias comenzaban de manera inesperada.
La suya comenzó en un museo.
Entre pinturas que llevaban siglos contando historias de otras personas, un café derramado y un choque que, en retrospectiva, probablemente fue la peor primera impresión posible.
Ella era todo lo que Liam no era.
Hazel hablaba demasiado, se reía demasiado fuerte y jamás había entendido el concepto de sentirse avergonzada por hacer lo que quería.
Liam, en cambio, pensaba cada palabra antes de decirla.
Ella pintaba lo que sentía.
Él escondía lo que sentía.
Ella podía entrar a una habitación y hacer que todos supieran que había llegado.
Él prefería observar desde un rincón.
No tenían absolutamente nada en común.
Y quizá por eso funcionaron.
Porque aquel día, cuando Hazel caminaba distraída por los pasillos del museo con uno de sus cuadros bajo el brazo y Liam apareció en su camino, ninguno de los dos estaba buscando conocer a alguien.
Mucho menos enamorarse.
Solo fue un choque.
Un accidente.
Un café.
Una conversación que debería haber terminado después de unos minutos.
Pero algunas personas llegan a tu vida de la manera más absurda y terminan convirtiéndose en la parte más bonita de ella.
Hazel llegó para enseñarle a Liam que no todo tenía que pensarse tanto.
Liam llegó para enseñarle a Hazel que incluso alguien que habla poco puede decirlo todo cuando realmente siente algo.
Y entre museos, lienzos, aeropuertos, conciertos y demasiadas diferencias...
terminaron encontrándose.
Porque quizá el amor no siempre comienza con un flechazo.
A veces comienza con alguien que casi destruye tu pintura favorita.
Y decides darle su número de teléfono de todos modos.
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