Desde siempre, Aiden, Damián y Noah habían sentido que el mundo era demasiado pequeño para contener lo que los unía. Se conocieron cuando apenas rozaban la adolescencia, en ese punto frágil donde la inocencia empieza a desvanecerse y el corazón aprende a doler. Entre risas, silencios y tardes interminables, descubrieron un amor que no necesitaba explicación, un lazo invisible que crecía con ellos, tan puro como imposible de encasillar.
A los dieciocho años, con el peso de los apellidos más influyentes del continente sobre los hombros, decidieron escapar.
Dejar atrás los jardines perfectos, los trajes hechos a medida, las cenas donde todo era apariencia y silencio.
En su huida hacia la libertad encontraron un penthouse de cristal y acero, suspendido sobre la ciudad, donde el amanecer entraba sin pedir permiso. Allí, entre música suave, desayunos compartidos y noches que parecían eternas, construyeron su propio mundo.
Pero el destino -o algo más antiguo- tenía otros planes.
Durante una visita a un orfanato, una niña de cuatro años atrapó sus miradas. Amaia.
No jugaba, no hablaba, y en sus ojos no había la chispa de la infancia. Solo un reflejo de algo más profundo, más viejo, como si hubiera vivido demasiadas vidas.
Y en cierto modo, así era.
Amaia no pertenecía a ese universo. Había reencarnado sin entender por qué, arrastrando los recuerdos de una vida pasada llena de pérdidas y promesas incumplidas. En su interior juró no confiar jamás en nadie, no volver a sentir. Pero cuando tres desconocidos se acercan a ella con una ternura que no comprende, algo dentro de su alma comienza a agrietarse.
Poco a poco, entre risas torpes, dibujos en el suelo y noches donde el silencio lo dice todo, Amaia descubre lo que significa pertenecer... aunque no sepa a qué mundo realmente pertenece.
All Rights Reserved