Cuenta la leyenda que, al principio, el ser humano no estaba solo.
No caminaba incompleto ni sentía ese vacío que hoy no sabe nombrar.
Era un solo cuerpo, una sola alma, un solo latido dividido en dos miradas.
No existía el "yo", solo el nosotros.
Pero los dioses o el tiempo, o el miedo, quien lo sabe; vieron en esa unión un poder demasiado grande.
Un amor capaz de desafiar cualquier mundo.
Entonces, el humano fue dividido.
Quizás como castigo, o como prueba.
Cada mitad fue enviada a un camino distinto, condenada a olvidar el sonido exacto de la otra, pero no su ausencia. Desde ese día, los humanos nacen con una sensación extraña: la certeza de que algo falta, de que alguien más existe en alguna parte. De sentir esa necesidad de búsqueda, de que algún día estarán completos.
A esa otra mitad se le llamó alma gemela.
No siempre se reconoce a primera vista.
A veces llega tarde.
A veces llega en el momento equivocado.
Y a veces, cuando por fin se encuentra, el mundo no está dispuesto a dejarlos quedarse.
Porque encontrarse no es lo mismo que permanecer. Todo esto depende de muchas cosas.
Y hay amores tan fuertes que el universo mismo intenta separarlos. Porque no soporta que un humano sea tan poderoso, que sea tan real, y tan maravilloso, que todo se negara a que permanezcan juntos.
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