El fin no llegó con estruendo, sino con un susurro invisible.
Un virus barrió el mundo, devorando su equilibrio.
Cuando la tormenta se asentó, las mujeres eran tan pocas que la humanidad reinventó el amor con leyes crueles.
De ese intento desesperado por sobrevivir nació el sistema de enlaces: varios hombres atados a una sola mujer, como guardianes de un tesoro que ya no se reproducía, sino que se veneraba.
Charlotte tenía ocho años cuando fue designada.
Cuatro nombres se grabaron en su destino: Kael, Leo, Ares y Seth.
Ellos eran jóvenes, marcados por las enseñanzas y costumbres que se le impusieron desde niños mientras que ella aún buscaba comprender el peso del futuro que le imponían.
Entre ellos hubo silencios, malentendidos, un cariño que nunca aprendió a hablar su propio idioma.
Y sin embargo, los lazos más firmes nacen del dolor compartido.
El mundo tembló otra vez cuando el cielo se rasgó.
Portales, como heridas divinas, surgieron por doquier, devorando ciudades, vidas y sueños.
Charlotte fue una de las arrastradas, condenada o bendecida con un nuevo comienzo.
En aquel otro mundo en dónde dioses, la caballería y el honor, su espíritu ardió.
La niña se transformó en símbolo, en una llama de esperanza.
Se convirtió en la Santa Caballera del Imperio Santo, protectora de la fe, la verduga de demonios y portadora del último juramento divino.
Cuando todo se perdió, cuando incluso los dioses cayeron, obligados se refugiaron en su corazón, y su alma se convirtió en su templo.
Años después, cuando el portal volvió a abrirse, Charlotte regresó.
Ya no como una niña marcada por el destino, sino como la encarnación misma del honor que el mundo había olvidado.
Y ante la nueva oscuridad que se cernía sobre la Tierra, pronunció las palabras que estremecieron a los cielos:
-"No temo a la oscuridad...
porque yo misma soy la llama que la consume."=
Así comenzó la era del fuego y la fe.
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