Cuando tenía 15 años me gustaba escribir cartas. Era una sensación única el desprender mi alma y mi corazón en unas letras para luego compartirlas...
Tal vez muchos jóvenes no lo comprendan, pero había algo especial -algo irrepetible- en escribir una carta. Era saborear recuerdos, invocar momentos, sellar promesas, desnudar sentimientos. Era una pausa en medio del mundo para hablarle al otro sin interrupciones. Una conversación sin apuro. Un acto de fe.
No siempre se recibía una respuesta, ni tampoco había garantías que de haberla, esta fuera traedora de buenas noticias... Pero con el tiempo y la madurez me di cuenta que no necesitas esa respuesta, porque en si las cartas son un desahogo, un grito silencioso de lo que llevas callando. Pueden ser una puerta de escape o el ingreso a lo más oscuro de un hombre.
Hoy en día ya nadie escribe cartas(tampoco yo le he hecho) y la inmediatez ha dominado nuestra cultura. Los te amos son más instantáneos y secos; y los silencios más hondos y más extensos. Por ese motivo me di a la tarea de recopilar todas esas cartas que nunca fueron dadas a sus destinatarios.
Nunca fueron enviadas.
Jamás fueron contestadas.
Y en algunos casos nunca fueron leídas por la persona que las inspiró.
Este es mi mausoleo personal.
El mausoleo epistolar de quienes, como yo, en algún momento, escribieron para no enloquecer.
Para no olvidar.
Para no morir del todo.