Tenía 21 años, una furgo vieja y cero ganas de convertirme en la hija perfecta que mis padres querían. Salí de Nueva York sin mapa y con muchas ganas de perderme. Lo que no esperaba era terminar en medio de la nada y que el hombre que me sacara del barro fuera un rockero de 63 años con más tatuajes que palabras. Izzy Stradlin no quería compañía. Yo no quería volver a casa. Puede que este desvío sea el mayor error de mi vida... O la mejor decisión que he tomado nunca.
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