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En un mundo donde tu destino parece estar sellado por el animal espiritual que te acompaña, las reglas sociales siempre fueron claras: delicadeza y dulzura para los omegas; fuerza e independencia para los alfas. O, al menos, esa era la fachada que la sociedad luchaba por mantener.
Por un lado estaba Nijiro. Un alfa que desafiaba toda expectativa. Tranquilo y reservado, encontraba su refugio tras el visor de su cámara en la Universidad de Tokio, usando el arte como escudo contra un mundo que le exigía una ferocidad que no poseía. Su aversión a las multitudes y las conversaciones banales lo fue aislando, hasta dejarlo en una soledad que resonaba con el eco de su propio fracaso. Y es que Nijiro cargaba con una vergüenza aún mayor: su animal espiritual -esa pequeña y tímida manifestación de su yo más interno- era un zorro asustadizo, un alma que prefería esconderse antes que enfrentar el mundo. Para los demás, era la prueba viviente de un alfa
Por el otro lado, brillaba Haruto. La encarnación misma de la belleza omega, con su cabello castaño claro impecable y unos ojos grandes y expresivos que parecían capaces de absorber toda la belleza del mundo. Su figura esbelta y su piel pálida -"lista para ser marcada", susurraban algunos con deseo- escondían una verdad incómoda. Su defecto no era físico, sino espiritual: su animal era un tigre. Majestuoso, salvaje y solitario. Un alma tan feroz e independiente que ahuyentaba a cualquier alfa que buscara un omega sumiso. El rechazo constante lo llevó a una sabia decisión: dejar de mendigar aceptación donde solo encontraba incomprensión.
Seluruh Hak Cipta Dilindungi Undang-Undang