Jake vive atrapado entre dos fuerzas que no sólo lo dividen, sino que también lo definen: el amor y el control. Por un lado, está la vida que sus padres han diseñado para él, una donde las decisiones no nacen de su deseo, sino de la obediencia. Por otro, está lo que siente, algo más caótico, más libre... más suyo.
El traslado de universidad no fue solo un cambio de lugar, sino una reafirmación del dominio que sus padres ejercen sobre su vida. Ahí aparece Sunghoon, quien representa perfectamente ese mundo impuesto: ordenado, exitoso en apariencia, pero frío, competitivo y profundamente desconectado emocionalmente. Estar con él sería cumplir, encajar, ser "correcto".
Pero entonces está Heeseung. Todo lo que no encaja. Todo lo que no debería ser. Su forma de vivir sin preocuparse por las reglas, su sencillez y su ligereza contrastan con el peso que Jake ha cargado siempre. Heeseung no solo le gusta... le muestra una versión de sí mismo que nunca había podido explorar. Con él, Jake no es "el hijo de alguien", es simplemente Jake.
Al final, no está en si debería estar con Sunghoon, es si de verdad debería seguir las reglas de sus padres. Está en si realmente es capaz de por una vez en su vida, decidir entre lo que le conviene, o lo que lo hace feliz.
No solo está eligiendo entre Sunghoon y Heeseung, está eligiendo entre la seguridad de una vida que no siente como suya y la incertidumbre de una que, por primera vez, le pertenece.
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