El sudor helado no tiene el mismo olor que el miedo; sabe a hierro y Pinol, y se mezcla con el aire viciado de una bodega. Ahí, donde las sombras se pegan a las paredes azulejadas, solo un par de luces parpadean en un falso quirófano. Rojo, verde, amarillo. Parecen seguir el ritmo sabrosón de la cumbia que rebota con insolencia.
Inhalé profundamente, saboreando el cóctel de alcohol y rabia que se me había pegado en la lengua. La furia, esa sí que era un ingrediente puro.
Acomodé la cofia y troné mi cuello, aliviando veinticuatro horas de turno y una vida entera de humillaciones. Frente a mí, mi paciente principal, dormida profundamente, sujeta con correas a la camilla. Todavía olía a fresa con crema, a lujo, a la salud que solo gozan quienes nunca han tenido que luchar.
«Ya me cansé de tus mentiras...» tarareé, mis palabras casi inaudibles sobre el coro.
Ochenta latidos por minuto. Saturación al noventa y nueve por ciento. Estaba viva, muy viva. Eso prometía un show lento, un ajuste de cuentas tan meticuloso como el que había planeado durante mis turnos nocturnos, mientras esperaba, en vano, el pago de mi quincena.
Me senté como el ángel de la guarda, observando ese bello rostro de "niña bien" que había causado tanto daño. Le susurré al oído: «Ahora te vas a arrepentir de todo el mal que me has hecho». El juego estaba a punto de empezar. Y esta vez, la villana del cuento no iba a perder.
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