-¿A qué has venido, Hwang In-Ho? -preguntó, su voz saliendo áspera, casi rasposa, como si cada palabra tuviera que abrirse paso a través de años de resentimiento acumulado-. ¿Has venido por mí?
La pregunta flotó en el aire entre ellos, cargada de significados múltiples. No era simplemente una consulta sobre el propósito de esta visita; era un desafío, una acusación, y quizás también una súplica disfrazada de hostilidad.
Hwang In-Ho permaneció inmóvil por un momento más, sus manos colgando a los costados de su cuerpo con una quietud antinatural. Su mandíbula se tensó visiblemente mientras buscaba las palabras adecuadas, las palabras que había ensayado mil veces en su mente durante el camino hasta aquí, pero que ahora parecían insuficientes, inadecuadas para expresar la magnitud de lo que sentía.
Dio un paso adelante, luego otro, acortando la distancia entre ambos con una lentitud calculada. Sus ojos nunca abandonaron los del otro hombre, manteniéndolo cautivo en esa mirada intensa que parecía penetrar más allá de las defensas cuidadosamente construidas.
- Sí -respondió finalmente, su voz emergiendo baja pero firme, cada sílaba pronunciada con una claridad cristalina que no dejaba espacio para malentendidos-. He venido por ti.
Hizo una pausa, permitiendo que esas palabras se asentaran en el espacio entre ellos, observando cómo el rostro del otro hombre se contraía levemente, como si hubiera recibido un golpe físico.
- Porque ya no aguanto más esta tensión entre nosotros -continuó, y ahora había una nota de urgencia en su voz, una grieta en la armadura de control que había mantenido durante tanto tiempo-. Este silencio que se ha instalado como un muro invisible, esta distancia que crece cada día aunque estemos en la misma ciudad, respirando el mismo aire. No puedo seguir así. No quiero seguir así.
All Rights Reserved