los lobos y los vampiros sellaron su destino en un juramento de sangre y odio.
Fue en aquella era primigenia, cuando los dioses todavía caminaban entre los hombres, que ambas razas fueron creadas con un propósito opuesto:
los lobos, hijos de la Luna, guardianes del equilibrio y del pulso vivo de la tierra;
los vampiros, engendrados por la Noche, herederos del silencio, de la oscuridad inmortal y del deseo insaciable.
Mientras la Luna alzaba sus hijos en manadas que respiraban unión y lealtad, la Noche los miraba con desprecio y extendía sobre los suyos el don maldito de la eternidad.
Los lobos amaban con el cuerpo, con la carne caliente y el fuego en los ojos;
los vampiros amaban con la sangre ajena, con la sed, con la promesa de un beso que podía condenar.
Durante siglos, sus guerras encendieron los bosques y enrojecieron los ríos.
Cada luna llena era un recordatorio del pasado,
cada amanecer un campo cubierto de cuerpos sin nombre.
Las viejas crónicas dicen que hubo treguas, que hubo pactos, pero ninguno sobrevivió al peso del rencor.
El aire mismo temblaba cuando uno y otro compartían el mismo territorio, porque un lobo podía oler la mentira en la respiración de un vampiro, y un vampiro podía sentir la pureza en el corazón de un lobo, aquello que jamás podría poseer.
Y así, generación tras generación, se heredó el desprecio.
Los lobos vivían hasta los doscientos años, lo suficiente para recordar y odiar.
Los vampiros, con su eternidad, estaban condenados a no olvidar.
Nunca, en toda la historia, un lobo se enamoró de un vampiro.
No porque no existiera el deseo... sino porque hacerlo significaba traicionar a la Luna, y retar a la propia Noche.
Era un pecado contra la sangre, una herejía contra la raza.
Pero el destino, burlón y cruel, tiene la costumbre de unir aquello que jamás debió tocarse.
Y cuando la Luna y la Noche se encuentren otra vez en un mismo cielo,
la historia -esa que creían escrita en piedra-
volverá a sangrar.
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