Un año había pasado desde que vencieron a Gaia, pero por alguna razón Percy todavía se sentía paranoico.
Algo andaba mal, algo más sucedía y todos eran ignorantes, incluso los dioses olímpicos.
Las últimas palabras de Gaia antes de caer en el letargo no lo dejaban dormir. Por esta misma paranoia, Annabeth había terminado con él, dejándolo devastado y culpable de haber perdido a una buena chica en su vida.
Fue esa noche mientras dormía, soñó con una hermosa mujer de piel morena, cabellos rizados y los ojos azules más bonitos. Estaban debajo del agua, pero no había luz además de lo que parecían luciérnagas en la oscuridad infinita.
Percy supo entonces que algo grande se venía sobre ellos cuando la bonita mujer le dijo:
"El destino ya ha decidido, ha llegado el momento. Sé fuerte, hijo del mar. Cambios irreversibles están acechando y ningún ser, ni siquiera un dios, podrá escapar de ellos"