-¿Qué quieres de mí, Alicia? -inquirió Indira, completamente confundida. Estaba tan... tan bien a su lado, pero sabía que debía alejarse. Era lo sagrado, lo que no podía traicionar.
Alicia la miró, los ojos brillando con un fuego que parecía querer atravesarla.
-Solo te diré una cosa, Indira -comenzó, con la voz desgarrada-. Si no eres para mí, vete, pero no me dañes con tus posesivos celos.
Si no eres para mí, no me mires con esos iris que saben a tu cruel veneno.
Aléjate de mí si no sabes amarme, vete, sé cobarde.
Pero no juegues... porque después será demasiado tarde para ti alejarte.
Indira se quedó sin palabras. Aquella niña, que tantas veces había visto como alguien dulce e inocente, hablaba ahora con una fuerza y una claridad que la dejaban desnuda ante sí misma. Su corazón latía con fuerza, entre admiración y miedo. Amaba el lugar que tenía en el corazón de Alicia, pero sabía que no podía corresponder. Tenía su vida, su trabajo, su familia... y Natalie jamás lo aceptaría.
Alicia, consciente de la imposibilidad, respiró hondo y dio un paso atrás. Sus manos temblaban ligeramente, y por un instante pareció pequeña y frágil. Pero la decisión ya estaba tomada: borraría lo que sentía por Indira. Tomaría distancia. No volvería a enamorarse de alguien que para ella era... imposible.
Y así se marchó, dejando tras de sí un silencio pesado y un vacío que Indira sintió como un golpe en el pecho. La habitación quedó intacta, pero Indira sabía que nada volvería a ser igual.
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