Hawkins, 4 de noviembre de 1983.
Las clases transcurrían como de costumbre y las personas se dedicaban a lo que solian hacer a diario pero algo había cambiado en el ambiente de aquel pequeño pueblo de unos quince mil habitantes. Tal vez era la llegada de una nueva familia... o, más bien, de lo que quedaba de una. Un padre y su hija.
Tabitha sabía que ya había estado allí antes. Su regreso parecía lógico: su padre llevaba años trabajando en Hawkins, viajando por largas temporadas y dejándola sola en Michigan. Ahora, tras una oferta estable y la promesa de una vida más tranquila, decidió mudarse definitivamente. Tabitha creyó que eso significaría tenerlo más cerca, pero pronto comprendería que la distancia entre ellos era mucho más que física.
Desde su primer día en el pueblo, sus crisis epilépticas comenzaron a intensificarse. Los médicos las atribuían al cambio y al estrés, pero Tabitha sentía otra cosa... algo que vibraba en el aire, que se escondía bajo la calma aparente de Hawkins y que parecía reaccionar dentro de ella.
Quizás el cuerpo solo responde a lo que los ojos no pueden ver.
Y en Hawkins, hay cosas que nunca deberían haber despertado.
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