La fama no lo hizo feliz.
Lo rompió despacio.
Después de La teoría del todo, Eddie Redmayne dejó de reconocerse en el espejo.
Las entrevistas, los premios, los focos -todo lo que soñó- se volvió un ruido que no lo dejaba respirar.
Y cuando el punto de quiebre llegó, tomó un vuelo sin avisar.
A Nueva York.
A ella.
Alice Pembroke.
Actriz en proceso, su mejor amiga desde antes del brillo, antes del reconocimiento.
La única que siempre vio al hombre, no al actor.
Eddie llega a su puerta agotado, buscando un refugio que tal vez ya no tiene derecho a pedir.
Pero Alice lo deja entrar. Lo cuida. Lo sostiene.
Y entre el cansancio, las risas apagadas y las conversaciones a media noche, lo que siempre intentaron ignorar empieza a respirarse en el aire.
Un vínculo demasiado profundo para llamarlo amistad.
Demasiado real para seguir fingiendo que no duele.
Porque a veces, amar a alguien no es quedarse.
Es sostenerlo, incluso cuando sabes que no te pertenece.
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