La hija de Regina
La mansión de Regina, antes un mausoleo de silencios, se transformó el día que Malia cruzó el umbral. Tras años de soledad y rechazos burocráticos, la alcaldesa no recibió a un bebé de catálogo, sino a una niña de cuatro años con la mirada fracturada por treinta y seis hogares fallidos. Malia no caminaba; se deslizaba por las sombras, temerosa de que su propia existencia fuera una molestia imperdonable.
El primer encuentro fue una colisión de soledades. Regina reconoció en los ojos de la niña el mismo miedo al abandono que ella misma había ocultado bajo capas de seda y poder. Esa noche, el chocolate caliente fue el primer contrato de paz, una tregua dulce contra años de privaciones. Sin embargo, al apagarse las luces, surgieron los verdaderos demonios: la fobia al encierro y el terror a una oscuridad que, para Malia, siempre olía a despedida. Regina, en un acto de redención pura, abrió su cama y su corazón, convirtiéndose en la guardiana de los sueños de una extraña.