El aire dentro del Centro de Entrenamiento Nacional de Deportes Invernales era un aliento helado y metálico, un olor familiar a ozono y sudor que Kim Seokjin había respirado durante casi dos décadas. Para él, el hielo no era un mero campo de juego; era un lienzo, un escenario. Su patinaje artístico era una disciplina de líneas perfectas, piruetas imposibles y una gracia que el mundo entero había coronado con medallas de oro. Seokjin, con su porte regio y su belleza etérea, era la quintaesencia del orgullo.
All Rights Reserved