Encerrada en un hospital psiquiátrico, una mujer escribe cartas dirigidas al hombre que amó... y devoró. A través de su relato -mitad confesión, mitad plegaria- el lector se adentra en una mente que confunde el amor con la necesidad de poseer, y la ternura con el hambre.
Ella no busca redención: busca permanencia. Cree que al comerse el corazón de su amante lo ha salvado de la muerte, guardándolo dentro de sí como un santuario de carne. Pero su devoción se pudre en delirio; oye su voz latiendo en su pecho, pidiéndole más, alimentándose de su cordura.
El cuento es una exploración del amor llevado al extremo de la obsesión: una mezcla de erotismo, locura y canibalismo emocional, donde la protagonista se convierte en tumba y templo de su propia pasión.
En su mente, no lo mató: lo conservó.
En su cuerpo, él sigue vivo.
Y cada latido que oye no es suyo... es de él.
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