Emily Armstrong nunca pensó que su nombre algún día aparecería junto al de Linkin Park.
Vocalista de Dead Sara, una banda que siempre había defendido su independencia a base de gritos y letras duras y directas, de pronto se encontraba frente a una propuesta que podía cambiarlo todo.
Y lo cambió.
Aceptó convertirse en la nueva vocalista principal de Linkin Park.
Al principio, la idea sonaba como un sueño: compartir escenario con una banda que había marcado generaciones, con músicos que admiraba desde adolescente. Pero los sueños tienen un precio, y el suyo empezó a desgastarse desde el primer ensayo.
La prensa no tardó en reaccionar.
Los titulares la comparaban, las redes la diseccionaban, los fans la juzgaban.
Algunos la aplaudían con esperanza, otros la odiaban solo por existir.
Únicamente porque no era Chester y, por ello, la mayoría asumía que no podía ser suficiente para la banda.
Las expectativas eran tan grandes que empezaron a ahogarla. Cada nota que cantaba parecía ser examinada por millones de ojos invisibles. Cada palabra, cada movimiento sobre el escenario era analizado, criticado, imitado, distorsionado.
Y sin darse cuenta, Emily empezó a exigirse más de lo que su cuerpo y su mente podían soportar.
Fue en medio de esa tormenta cuando apareció ella: Elizabeth Benton.
Una de las productoras del nuevo álbum, joven pero con una desarrollada madurez y entendimiento, fue la única que pareció ver más allá del personaje que los medios intentaban fabricar.
Fue su apoyo cuando el ruido se volvió insoportable, un ancla en medio de la marea.
Al principio, solo hablaban de música.
Ajustaban tonos, corregían letras.
Hasta tenían cierta rivalidad entre sí, les gustaba competir por quién superaba a la otra.
Y en medio de ese caos, algo comenzó a surgir entre ellas.
Mientras el mundo la presionaba para ser alguien que no era, Emily cayó en las garras del amor.
Ahora solo quedaba ver si la abrazaban o la rompían.
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