Crossed Paths

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Melody Thames juró que no quería ser la hermana de nadie. Mientras su mellizo, Mason, brilla frente a las cámaras de Hollywood, ella prefiere esconderse entre pinceles, vinilos viejos y el olor a pintura fresca. Cantar siempre fue su secreto, un escape, no un escenario. Hasta que una noche en Los Ángeles -entre luces de neón, tragos y un micrófono compartido con su mejor amiga- su voz llama la atención equivocada... y los ojos correctos. Malachi Barton no la conoce, pero algo en ella le resulta imposible de ignorar. Él está acostumbrado a los reflectores, a los rumores, a las sonrisas vacías. Ella, a mantener su mundo cerrado con llave. Pero cuando el destino decide cruzarlos una y otra vez, entre fiestas, errores y segundas oportunidades, ambos descubrirán que a veces las mejores historias no comienzan con un guión... sino con una canción que nadie esperaba escuchar. Y que hay miradas que, por más que intentes, simplemente no puedes ignorar.
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- Eres como una doctora de máquinas -dijo él, con una sonrisa que le iluminó el rostro-. Gracias. - No soy doctora de máquinas. Algún día voy a ser doctora de personas -respondió ella, limpiándose las manos en el pasto-. ¿Y tú? ¿Vas a ser mecánico de bicicletas? Juan Pablo se enderezó, se acomodó la guitarra de plástico y sacudió la cabeza. - No. Yo voy a ser músico. Voy a escribir canciones que todo el mundo cante, y tú vas a ser la primera en escucharlas. - Las canciones no curan nada, Juan Pablo -sentenció ella, volviendo a su libro. - Te equivocas, Andre -él se subió a la bicicleta y le guiñó un ojo antes de arrancar-. Algún día vas a necesitar una canción para que el corazón no te duela tanto, y ese día yo voy a estar ahí para tocarla. Andrea lo vio alejarse, una pequeña figura desapareciendo al final de la calle mientras el sol se ocultaba tras los cerros orientales. En ese momento, ninguno de los dos sabía que esa cadena que ella acababa de arreglar era el primer eslabón de un hilo rojo que se estiraría, se enredaría y casi se rompería, pero que nunca, bajo ninguna circunstancia, dejaría de unirlos. Ella quería entender el latido. Él quería ponerle música. Y en esa tarde gris de Bogotá, sin saberlo, sus destinos acababan de firmar un contrato que ni el tiempo, ni la distancia, ni la medicina, podrían cancelar.

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