Aquella noche en Driftmark, el fuego de los dragones ardió en los corazones de los hombres. Aemond había reclamado a Vhagar, pero su triunfo se tiñó de sangre cuando sus sobrinos lo enfrentaron. Entre gritos y arena, llegaron Aegon y su gemelo, Zaerys. Mientras uno observaba inmóvil, el otro intentó detener la furia... pero el acero no distingue entre enemigos y hermanos. El cuchillo de Lucerys cortó el rostro de Aemond, arrancándole un ojo, y con el mismo tajo, cegó a Zaerys de un ojo.
En el salón, la tensión era un filo más afilado que cualquier espada. Rhaenyra corrió hacia sus hijos, pero también hacia Zaerys, abrazando al muchacho herido como si el odio de los bandos no existiera. Esa noche, Aemond y Zaerys discutieron, y cuando la rabia habló más fuerte que la sangre, Aemond terminó en el suelo, la nariz rota bajo el puño de su hermano.
Viserys los halló así, y su ira cayó sobre Zaerys como un juicio divino. Lo culpó de todo mal, de toda ruina. Aquellas palabras lo destrozaron más que la herida en su ojo.
Antes del amanecer, el muchacho huyó a la playa. Lloró bajo el rugido del mar, hasta que el sol lo encontró decidido. Cuando los verdes partieron a Desembarco y los negros a Rocadragón, Zaerys eligió su destino. No al lado de su gemelo, sino junto a Rhaenyra.
El fuego divide, pero también revela de qué está hecho el corazón.
Tüm hakları saklıdır