Quizás fui muy inocente; tal vez me dejé llevar por aquellas risas de amigos, o simplemente quería un poco de emoción en mi vida. No tenía malas intenciones, ni mucho menos deseaba causar heridas que pudieran ser difíciles de cerrar. Tal vez fue la falta de confianza en mí misma lo que me llevó a buscarla en otra persona.
Pero, ¿no les ha pasado alguna vez que, al ver algo cotidianamente y no tenerlo, comienzan a desearlo también? A mí sí. Y ahora comprendo que no siempre es bueno tener todo aquello que uno cree anhelar. Fue un golpe duro para mí, pero creo que es una parte de mi vida que puedo contar, porque yo lo viví y lo sentí en carne propia. No es algo inventado ni exagerado: fue real.
Aquel año lo recuerdo con cariño, no solo por lo que pudo haber sido, sino por todo lo que sí fue. Porque, aun entre los problemas, existieron momentos de calma, instantes de paz que hoy valoro más que nunca. Lo recuerdo con cariño porque me permitió conocerme, equivocarme y aprender; porque de todo aquello saqué lecciones que hoy me ayudan a ser una mejor versión de mí misma. Y aunque me centré obstinadamente en una persona, no fue su culpa, porque nunca me puso un arma en la cabeza ni me obligó a hacer lo que hice.
Pero de manera sigilosa habían hilos que me movían, hilos tan delgados que solo podrías verlos con una lupa. Es así como yo viví un año lleno de dudas y llantos. Aún así, hasta el día de hoy eso me atormenta en mis sueños, son voces que me persiguen y me hacen sentir culpable diariamente.