Dicen que los demonios no sueñan. Que en nuestras mentes solo hay hambre, furia y cenizas. Mentira. Yo soñaba con ella. La espada de mi padre brillando bajo la lluvia, el eco de una risa infantil -¿era la mía o la suya, Vergil?- y ese olor a tierra mojada cuando aún creíamos que podíamos salvar el mundo.* Despertar era peor. La celda no tenía paredes -tenía memoria. El metal, mojado de sudor, oxido y gritos, abrazaba mi carne como si le perteneciera. Y lo peor no era el dolor, ni los grilletes, ni el hambre. Era saber que alguna vez los salvé. Que entregué mi vida a proteger a quienes ahora me rompían con precisión quirúrgica. Humanos. Frágiles, sí. Pero cuando temen... inventan cosas peores que el infierno. El científico no tenía nombre, solo una voz suave y una mirada que no parpadeaba. Me hablaba de propósito, de justicia, de reprogramar el mal que yo representaba. Me robó todo... incluso la certeza de que alguna vez fui algo más que una herramienta. Hasta que lo vi. Un pequeño cuerpo en una cápsula. Una mezcla perfecta de genes. Míos... y suyos. Vergil. Ese bebé... no lloraba. Me miraba. Como si ya supiera quién era yo. Y en ese instante, algo más fuerte que la rabia me partió el pecho. Instinto. Furia. Amor. La jaula ardió. El mundo tembló. Y por fin... desperté.
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