Estas poesías nacieron de la noche, entre humo y desvelo.
No fueron escritas con tinta, sino con brasas que ardían en el pecho.
Cada verso es un susurro que le lancé a la oscuridad pensando en ella,
y la penumbra me devolvió en palabras lo que no me atreví a confesar con voz.
No son poemas perfectos, son heridas convertidas en arte,
punchlines ocultos entre metáforas,
rimas que huelen a tabaco y suenan a jazz,
confesiones que solo la luna y yo sabemos.
Escribir de noche, entre humo, es invocar a los fantasmas del deseo.
Y yo lo hice para ella, aunque nunca lo lea,
aunque nunca entienda que cada barra, cada línea,
es un eco de su nombre perdido en el silencio
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