Desde antes de su primer aliento, un juramento invisible ataba su destino: Proteger a la Familia Jeon, un linaje envuelto en el frío brillo de la opulencia. Pero la ley que dictaba su existencia era más dura que el deber: debía consumar el matrimonio pactado con la estirpe de los trillonarios y garantizar la descendencia bajo cualquier circunstancia. Este mandato nunca se cuestionó, porque en ese círculo de cristal y terciopelo, la lealtad no era amor, era un contrato sin cláusula de escape.
El murmullo se extinguió. Solo quedó el eco glacial de una voz cargada de una rabia medida:
-¡Eres la peor de las plagas!
-Te advertí que no cruzaras el umbral de mi familia. Ignoraste mis palabras. Quisiste meterte en nuestros asuntos, sin saber que cada movimiento aquí es una jugada mortal. Ahora, asume las consecuencias...-dijo fríamente.
En ese silencio denso, donde el lujo se sentía asfixiante, el sonido seco y absoluto de un disparo rasgó la habitación. El eco, cruel y eterno, fue el último testigo del final de un acuerdo roto.
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