Todo empezó con una respuesta equivocada.
El Dr. Wiliam Morales, el forense más brillante que conocí, cometió un error que ningún experto haría... y fue así como descubrí lo que realmente era.
Desde entonces, ya no investigo cadáveres.
Investigo a un hombre que mata por placer.
A veces lo observo y me doy cuenta de que no siente nada.
Ni culpa, ni miedo, ni curiosidad.
Solo una calma que asusta... como si
El ya tenía calculado todo.
Yo sigo las reglas, los pasos, los métodos.
Él crea los suyos.
Y en esa diferencia, me doy cuenta de que no estoy persiguiendo a un hombre,
sino a algo que aprendió a parecerlo.
Y cuanto más me acerco, más claro lo siento:
en esta cadena, él es el depredador...
y yo, posiblemente la presa.
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