Para Ethan, los videojuegos son disciplina, control y orgullo. Ganar no es una meta, es una obligación. Perder no es una opción.
Para Shun, jugar es provocar. Talento, descaro y sonrisas peligrosas que buscan sacar de quicio a su rival favorito. Para él, el juego no termina cuando acaba la partida.
Nunca se llevaron bien. Demasiado talento, demasiado ego y una rivalidad constante. Ethan ve en Shun a un niño arrogante; Shun ve en Ethan a un competidor brillante, pero demasiado tenso.
Todo cambia cuando un torneo de escuadras los obliga a jugar juntos. Sin opciones, Ethan acepta lo impensable: compartir equipo con Shun.
Entre streams y tensión, la rivalidad empieza a transformarse. Porque el verdadero conflicto no está solo en el juego, sino en lo que ocurre cuando la llamada termina... Y aceptar que el enemigo dejó de serlo puede ser la derrota más difícil.