Como quien se detiene ante una puesta de sol ofrecida por la naturaleza, así me quedé yo: inmóvil, respirando despacio, dejando que cada color me atravesara. El cielo se abría en matices que parecían inventarse en ese mismo instante; naranjas que ardían suavemente, amarillos que fluían como oro líquido, formas que el viento dibujaba sin prisa... y yo, sin palabras suficientes para nombrarlo.
Entonces apareció ante mis ojos un brillo distinto: un destello vivo, radiante, que hizo que el tiempo se dilatara hasta sentirse eterno. Como dice el proverbio 一日三秋 -un día dura tres otoños-, así se estiró el instante, como si el mundo respirara hondo para recibir aquello que yo estaba mirando. Sus colores eran otros: un naranja firme y delicado a la vez; un amarillo que no iluminaba el cielo, sino a mí; un azul celeste que imaginaba en su risa, en la forma dulce en que arruga la nariz; y esos ojos que, al mirarte, parecen descifrarte sin esfuerzo. En ese fugaz atardecer, supe que la naturaleza me regalaba dos bellezas al mismo tiempo.
Jennie Kim era la Emperatriz perfecta en todos los sentidos: inteligente, valiente y sociable. Era amable con sus súbditos y devota de su marido. Se conformaba con vivir el resto de sus días como la sabia emperatriz del Imperio de Oriente... Pero un día, su esposo trajo a una amante y le exigió el divorcio.
-Acepto este divorcio... y solicito autorización para volver a casarme.
En un giro inesperado, Jennie se vuelve a casar y conserva su título y su sueño de ser Emperatriz.
Pero ¿Cómo se desarrollaron los hechos?
■Jenlisa
■Lisa G!p