Hay amores que no existen en los libros, que no se escriben en pergaminos ni se pronuncian en los salones de palacios. Son amores que viven en susurros, en miradas que nadie más ve, en promesas que se hacen bajo árboles milenarios y cielos que guardan secretos. El mío comenzó así.
Mi nombre es Alaia, y fui destinada a ser princesa de Roma desde que podía recordar. Cada paso que daba estaba marcado por la corona que algún día vestiría, cada palabra medida, cada sonrisa ensayada para el mundo. Pero había alguien que veía más allá del oro y el poder: Lorian. Knight desde joven, dos años mayor que yo, con ojos que parecían leer mi alma y un corazón que latía en secreto por mí desde que éramos apenas niños.
No éramos libres. Él no podía tocarme como deseaba, ni yo podía corresponder sin miedo a romper reglas que nos habían impuesto antes de que comprendiéramos lo que significaba el amor. Pero existíamos en esos momentos robados, en esos segundos que pertenecían solo a nosotros. Y fue en el bosque, lejos de la mirada de los guardianes y del mundo, donde nuestras almas se encontraron de verdad.
Entre risas que se mezclaban con el viento, promesas apenas susurradas y miradas que hablaban más que mil palabras, comprendimos algo esencial: aunque el deber nos separara, aunque la corona dictara nuestros destinos, nuestro corazón había encontrado un refugio imposible de borrar. Un amor que existía en la sombra, en la magia de un mundo que todavía nos pertenecía, aunque solo fuera por unos instantes.
Este es un amor que no debía existir, un amor que la historia no reconocería, un amor que viviría entre los árboles, entre las risas y las lágrimas escondidas, esperando el día en que los recuerdos pudieran abrirse paso entre las reglas del reino. Un amor que comenzó en secreto y que prometía perdurar, aunque el mundo insistiera en negarlo.
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