Nadie en la selva hablaba de él con nombre... solo con miedo. Dicen que es una criatura que no pertenece a este mundo. Que caza por deporte. Que sólo deja huesos. Pero ella lo vio. Y no corrió. Ahtae, una joven de Campeche marcada por la soledad y el fuego en la sangre, no bajó la mirada cuando lo tuvo frente a ella. Él debió matarla. Ella debió huir. Pero algo cambió. En sus ojos de cazador, ella no era solo una presa. Era un misterio. Una amenaza. Una tentación. En la espesura del monte, entre sudor, sangre y deseo salvaje... comenzó el juego. Y ni el más letal de los depredadores estaba listo para lo que ella desataría.
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