Dicen que hay casas que respiran.
Casas que no fueron construidas, sino alimentadas.
Hechas con huesos, con promesas, con los sueños rotos de quienes se atrevieron a quedarse.
La Mansión Khon fue una de ellas.
En sus muros, el arte y la locura se confundían.
Cada cuadro colgado en sus pasillos tenía un secreto; cada trazo, una oración pintada con miedo.
Liam Khon, el último heredero, creció entre esos susurros.
Desde niño veía sombras reflejadas en los espejos, ojos que lo observaban desde los retratos antiguos.
Su familia le decía que eran ilusiones... pero él sabía que lo que vivía en esas paredes lo conocía.
Y una noche, mientras pintaba, lo escuchó claramente:
una voz que no venía de su mente, ni de su alma, sino del lienzo frente a él.
-Píntame completo.
Desde entonces, la mansión comenzó a cambiar.
Los relojes dejaron de marcar la hora.
Los retratos movían los labios cuando nadie los miraba.
Y los sirvientes murmuraban que, después de medianoche, alguien caminaba por el sótano, descalzo, cubierto de pintura y sangre.
Años después, cuando Noah Ly cruzó las puertas de la mansión como nuevo empleado, el aire ya sabía a polvo y a hierro.
Él no podía ver a los muertos, pero los sentía.
Sabía cuándo un alma se quedaba atrapada.
Y aquella casa... estaba llena de ellas.
Esa noche, el viento soplaba como un suspiro.
Liam pintaba solo, con la mirada vacía, mientras Noah lo observaba desde la puerta.
El retrato frente a él parecía respirar.
Y cuando las velas se apagaron, la voz volvió a hablar.
-Gracias por traerme de vuelta.
Nadie volvió a escuchar los gritos que siguieron.
Solo el eco de un nombre perdido...
susurrado entre las paredes húmedas de la casa que aún, a veces, respira.
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