Antes de que existieran los nombres, cuando el cielo aún era un reino joven y los astros caminaban como dioses vivos sobre el firmamento, nació una historia que ningún mortal ha logrado olvidar: la promesa entre el Sol y la Luna.
Jay, el Sol, señor del fuego primordial, fue el primero en despertar.
Con su luz dio forma a los días, a las rutas de los cometas y a los senderos donde las estrellas nacerían.
Pero incluso su brillo eterno tembló la primera vez que contempló a Jungwon: la Luna, guardián de las mareas, tejedor de los sueños y dueño del silencio nocturno.
Se cuenta que Jay descendió de su trono incandescente y, ante la plateada presencia de Jungwon, ofreció un juramento imposible:
Si la Luna aceptaba unirse a él, el Sol ardería con un fulgor capaz de iluminar las eras más oscuras.
Pero si lo rechazaba, el Sol perdería su fuego y el universo caería en un invierno sin fin.
Jungwon, sabio y temeroso del destino que pendía de su respuesta, no dijo ni sí ni no.
Solo pronunció una frase que detuvo al cosmos:
"Déjame pensarlo."
Y así nació la espera más larga de los cielos.
Desde entonces, los eclipses no son fenómenos naturales, sino encuentros predestinados, momentos en los que Jay y Jungwon se rozan tras siglos de distancia, y el Sol vuelve a preguntar:
"¿Ya lo pensaste?"
Pero la respuesta sigue oculta.
A la orilla de los anillos dorados, Saturno -Sunoo-, guardián de los pactos celestiales, custodia dos anillos forjados con polvo estelar: uno que desatará un amanecer eterno... y otro que marcará la llegada de la noche final.
El destino del cielo entero depende de la decisión de la Luna.
Y el día en que Jungwon responda, la historia del universo cambiará para siempre.
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